miércoles, 21 de septiembre de 2016

Un año después... el referéndum de las cuotas

Llegó el 1 de Septiembre, y puntualmente, como todos los años, los niños comenzaron el colegio y el instituto, en una hermosa fiesta de presentación, tan típica en estos lares. Poco después, el día 5, primer lunes de mes, comenzó la universidad. Aún recuerdo un 31 de Agosto en el Balaton, donde los negocios bajaban las persianas, las baldas de los supermercados estaban casi vacías y los turistas cargaban los coches de maletas, puntuales, terminando la temporada turística con rigurosa fecha. Porque aquí todo comienza y termina antes. Incluyendo los días, que amanecen mucho antes que en España (sobre las 6 de la mañana en Septiembre), hora en la que abren los comercios, la gente sale a hacer los recados y comienzan su jornada.

Este Septiembre se cumple un año de la brutal crisis migratoria que vivió Hungría, y que puso este pequeño país centroeuropeo en las portadas de la prensa internacional, y en las cabeceras de los telediarios de todo el mundo. Que manipularon las noticias hasta la saciedad, como tienen por costumbre la mayoría de medios de comunicación hoy en día. Y precisamente, tras un año de todo aquello, llega la celebración de un referéndum en Hungría sobre las cuotas de la UE en materia de refugiados e inmigración, que ha levantado polvo en eso que llaman Unión Europea (que no sé hasta qué punto está unida y mucho menos en qué medida representa a los europeos).


Jornadas de caos migratorio en Budapest hace un año. Miles de personas cruzaron el puente Erzsébet con intención de ir caminando hasta Austria.
fotografía: index.hu


Ya expliqué en entradas previas del blog que varios países del este de la UE se opusieron a estas famosas cuotas, analicé la sinrazón y el poco sentido de las mismas en esta entrada. De todos los países que se opusieron a este sistema de cuotas obligatorias, Hungría ha ido un paso más lejos, hasta el punto de organizar un referéndum. No es que sea vinculante, pero sí que el resultado puede ser utilizado por el gobierno como medida de presión de cara a la UE, y es que, en esta Europa tan "democrática", el hecho de celebrar un referéndum que pueda tener un resultado contrario a los intereses de Bruselas es algo que no ha hecho mucha gracia a los jerifaltes de la UE, que han tenido que hacer malabares léxicos, con más pena que gloria, para tratar de justificar que un referéndum es antidemocrático.

Una muestra de todo esto: recientemente leí la noticia de que Luxemburgo pedía la salida de Hungría de la UE por violar los valores democráticos de la Unión Europea. La respuesta del gobierno húngaro no tiene desperdicio, recordando que precisamente Luxemburgo fue un paraíso fiscal hasta el año pasado, donde muchas de las principales multinacionales evadieron millones de euros en impuestos al tributar al 1% en Luxemburgo sus beneficios de toda la Unión Europea, en lugar de hacerlo en cada país de la UE de forma individual, en un caso que salpicó al propio presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, ya que entonces él era el primer ministro de Luxemburgo. Quizás, entonces, debería ser Luxemburgo expulsado de la UE por ir contra sus propios ciudadanos, al permitir que millones de euros de impuestos fueran desviados a paraísos fiscales en lugar de ir a las arcas públicas, tan necesitadas en estos tiempos.

La crisis migratoria ha entrado desde hace ya varios meses en una fase silente, crónica, al ralentí. La prensa apenas habla ya del tema, el número de inmigrantes ha descendido considerablemente, pero siguen llegando día tras día a las islas griegas y a la frontera húngara, en su camino a la Europa rica. Las escasas noticias que han salido a la luz sobre este asunto han sido los inmigrantes que países como Suecia, Alemania o Austria quieren devolver a Hungría, en virtud de los acuerdos de Dublín, que rigen que el primer país que de la UE que pise un solicitante de asilo es quien debe encargarse de él. Y dado que muchos entraron por Hungría, los países que fueron destino final de estas personas quieren ejercer su derecho de devolución. Eso sí, este tema ha pasado mucho más desapercibido que cuando declaraban que iban a acoger a no sé cuantos mil refugiados. Hungría ha mostrado su malestar, no sin razón, ya que argumentan que en realidad el primer país Schengen que pisaron fue Grecia, la gran puerta de entrada de esta ola migratoria, así que es a ellos a quienes tienen que pedir cuentas y no a Hungría. Por no hablar de que el protocolo de Dublín fue violado innumerables veces por muchos países de la UE y que, de facto, quedó prácticamente anulado.


Un grupo de inmigrantes caminan por Budapest con fotografías de Angela Merkel. La canciller alemana es una de las principales responsables de este desastre. Para muchos de ellos (la mayoría no eran sirios), todo el viaje fue en vano, y serán devueltos finamente a sus países de origen.
fotografía: index.hu


Sobre el tema del referéndum de las cuotas quería escribir una extensa entrada, pero el blog Crónicas húngaras se ha adelantado, con un trabajo excelente al cual me remito en este link que lleva a su artículo. Poco más hay que añadir.

Así que quedamos a la espera de ese sábado 2 de Octubre, en el que se celebra el referéndum, donde el gobierno hará la pregunta de "¿Quiere que la UE, sin la aprobación de la Asamblea Nacional, imponga el asentamiento obligatorio de ciudadanos no húngaros en Hungría?", donde necesita al menos un 50% de participación para que sea válido, y a la espera de mi próximo viaje a Hungría en ese mismo mes, en el que volveré a pisar tierras magiares.

En Hungría nadie duda de que va a ganar el "No", de hecho, viendo el panorama y las encuestas, los pocos partidos políticos que están a favor de las cuotas han pedido la abstención. El asunto es si la participación llegará a ese 50%, por ello el gobierno ejerce una intensa campaña a favor de la participación y del "No" en el referéndum, hasta el punto de que muchas veces parece que no hay problemas más graves en el país. Pero Orbán y su gobierno saben que se juegan mucho, y que están cerca de poder hacerle una buena "peineta" a Bruselas, que les daría muchos votos y apoyo, y no solo en Hungría. El grupo Visegrád se ha consolidado como una alternativa al eje tradicional Berlín-París, de hecho recientemente se habló en Austria de la posibilidad de unirse a los países de este grupo (formado por Polonia, República Checa, Eslovaquia y Hungría, sumando unos 60 millones de habitantes y más de medio millón de kilómetros cuadrados, siendo su origen una alianza entre eslavos y magiares en el siglo XIV, y su reactivación tras la caída del muro de Berlín). Lo cierto es que económicamente están muy por detrás del eje francogermano (son de hecho una colonia económica de dichos países), pero su influencia política dentro de la UE ha alcanzado niveles jamás vistos.


Gobierno húngaro, con el primer ministro, Viktor Orbán (el segundo por la derecha).
fotografía: index.hu

viernes, 12 de agosto de 2016

Verano en Hungría

Este verano está siendo bastante caluroso en Hungría, como ocurre siempre, año tras año. En esta ocasión, por primera vez en los últimos tiempos, no he podido estar en tierras magiares durante la época estival, pero recuerdo perfectamente las olas de calor, pegado al ventilador, bebiendo agua a litros y esperando que llegase alguna de las grandes tormentas que suelen caer en verano y que, durante unas horas, aliviaban la temperatura y proporcionaban el placer de caminar bajo el aguacero refrescándome tras días con temperaturas entre 30 y 40 grados, sin importarme regresar chorreando a casa.

En Hungría es fácil armarse contra el calor. Hay miles de heladerías, que además suelen ser bastante baratas. Cuando vivía cerca de la calle Pozsonyi, en el barrio XIII de Budapest, solía comprar unos helados de bolas gigantes, a elegir entre varios sabores, por poco más de un euro, y tomarlos en el cercano Parque Szent István, al frescor de las fuentes, donde mucha gente iba para meter los pies en el agua o simplemente tumbarse en la hierba a tomar el sol. Recuerdo la fuente musical de la cercana isla Margarita, con su espectáculo de luz y sonido en los atardeceres de Budapest, donde era difícil lograr un sitio junto a la fuente, sumergiendo las piernas en el agua, aliviando los calores veraniegos. Mucha gente simplemente acudía a los múltiples centros comerciales en busca del tan ansiado aire acondicionado. Más naturales son los enormes árboles de las calles de Szeged, ciudad en la que viví un lustro, que en verano proporcionan una deliciosa sombra.


Fuente musical de la isla Margarita, en Budapest.

Calle de Budapest un caluroso día de verano.

Río Tisza y paseo junto a él, en la ciudad de Szeged.


Un poco más lejos, a algo más de una hora de la capital húngara, está el epicentro del verano magiar: el lago Balaton, que es el mayor lago de Europa central, con una longitud de casi 100 kilómetros y una anchura de poco más de una docena. Su escasa profundidad y gran superficie permite a sus aguas alcanzar temperaturas bastante agradables, que pueden llegar a los 26-27 grados. Casi toda su orilla está urbanizada, las poblaciones del Balaton prácticamente terminan donde empieza la siguiente, llenas de hoteles, pensiones, restaurantes, heladerías y pastelerías. Las zonas de baño, llamadas playas, especialmente las de la costa sur, se llenan de miles de húngaros de vacaciones en esta especie de pequeño Benidorm magiar que es Siófok, con su pequeño paseo lleno de atracciones, tiendas, puestos de granizados, heladerías o cafés, finalizando en su pequeño puerto del que zarpan barcos rumbo a Balatonfüred y la costa norte. El resto del turismo lo forman especialmente austríacos y alemanes (sobre todo de Baviera o del resto de lander surorientales), que viven a escasas horas en automóvil del lago Balaton, donde además los precios son bastante baratos en comparación con sus países de origen.





Imágenes del Balaton de idokep.hu


Y en Alföld, la Gran Llanura Húngara, el verano no es menos caluroso. Pese a la sencilla orografía, hay multitud de pequeños lagos, poco profundos, la mayoría artificiales, que sirven de improvisadas playas en verano, así como, por supuesto, los famosos balnearios húngaros, que en verano bajan algunos grados la temperatura de sus aguas termales, para hacer frente al verano. En los pequeños pueblecitos que salpican esta llanura, donde pasé muchos fines de semana tumbado en el jardín, y donde pese al calor no faltaban los bogracs de pörkölt, los chupitos de pálinka, ni los desayunos a base de chorizo, morcilla y panceta.

Algo que me llamó la atención al llegar la primera vez a Hungría en verano fue la enorme variedad de refrescos: en cualquier bar o pastelería preparan limonada casera, y en casi cualquier casa a la que vayas te ofrecerán su propia limonada, de muchos tipos (una que me sorprendió es la de bodza, llamado en castellano saúco, a base de flores). En los supermercados se vende la famosa piroska, un concentrado de varios tipos de sabores que se mezcla con gaseosa o agua sin gas, para preparar tu propio refresco, a tu gusto, en casa. O en los cientos de bares con terrazas y jardines que inundan Budapest en verano. En casi ninguna casa de pueblo falta el típico sifón encima de la mesa. También hay un montón de tipos de té, de todos los sabores, con el que se puede preparar té helado en verano. Y el famoso Jeges kávé, una café con hielo coronado con una bola de helado de vainilla, nata pastelera y sirope de chocolate, todo un manjar del verano húngaro. Una oferta mucho más amplia que el clásico coca-cola, fanta y sprite que hay en España y tantos países donde los refrescos caseros han sucumbido al poder de las grandes empresas. Y, por supuesto, los puestos de sandías en los orillos de las carreteras de la Hungría rural, algo que también puede verse en España.


La famosa y refrescante limonade, un imprescindible del verano húngaro.

lunes, 11 de julio de 2016

La ciudad de Szeged desde las alturas

Szeged es una tranquila y bella ciudad situada al sur de Hungría, de unos 160.000 habitantes, en plena Gran llanura húngara y atravesada por el río Tisza, que cuenta con una importante universidad de reconocido prestigio europeo. En una plaza cercana al centro, llamada Szent István tér (Plaza de San Esteban), se alza una gran torre que antaño sirvió como depósito de agua, llamada en húngaro Víztorony (torre de agua). Hoy en día se encuentra restaurada y con función únicamente ornamental. Una vez al año se celebra el día del agua en todo el país, durante el cálido verano húngaro. En Szeged, la torre de agua puede visitarse de manera gratuita en este día. Dentro hay una pequeña exposición, donde se pueden ver imágenes de las grandes inundaciones que ha sufrido la ciudad a lo largo de la historia por las crecidas del río Tisza, pero el atractivo principal es, sin duda, subir al mirador, desde el cual puede contemplarse toda la ciudad gracias a la ausencia de grandes edificios. Durante el resto del año hay algunos días que puede también visitarse esta torre, comprando una entrada bastante asequible (en torno a 1 €). En este link (en húngaro), aparecen los horarios y días de apertura. Merece la pena subir, sin duda. Os dejo con las correspondiente vistas de la torre y la ciudad desde su mirador:














sábado, 18 de junio de 2016

Capitalismo en Europa del este (II) y auge de la extrema derecha

Hace poco, escribí un par de entradas sobre una interesante charla que tuve con personas que habían vivido durante el socialismo en Hungría, y me contaron como era el día a día en dicha época. Al final de la charla, comentaban que sin duda habían vivido mejor durante el socialismo que ahora, con el capitalismo plenamente instaurado, algo que no me sorprendió porque sabía que diversas encuestas y estudios ya han informado sobre esto. Varios lectores del blog me trasladaron su sorpresa por estas declaraciones, y es comprensible, ya que en las entradas me centré en la época socialista y no escribí acerca de cómo es la vida actual en el sistema capitalista, dentro de Hungría. Pero sobre esto he escrito en entradas antiguas del blog, ya que la etapa capitalista, a diferencia de la anterior, la he vivido in situ. Para saber cómo es la vida en el capitalismo húngaro, basta con echar un vistazo a esta entrada. Lo que ya es más complicado es explicar porqué aquí la instauración del capitalismo ha traído consecuencias tan funestas para la mayoría de la población.

Hace tiempo, escribí la primera parte de esta entrada, en la que trataba de explicar cómo se instauró el sistema capitalista en los antiguos países socialistas de Europa. De cómo en realidad toda la transición fue un gran "pelotazo" de las multinacionales occidentales (y sus oligarcas) con la complicidad de los propios líderes políticos de las antiguas repúblicas socialistas en aquellos años, que pasaron a ser los nuevos ricos de Europa oriental, con un resultado desastroso para la población. De esta forma se se implantó un nuevo sistema de capitalismo en Europa: el de los países orientales "donantes", y el de las multinacionales occidentales "receptoras" (nótese que hablo de oligarcas occidentales, no caigamos en el error de decir que los ciudadanos de a pie occidentales han salido beneficiados también, porque ha sido justo lo contrario).

Pero esto no es nada nuevo en absoluto, hay documentales y reportajes sobre este tema para dar y regalar. Uno de los más famosos es La Doctrina del Shock, de la canadiense Naomi Klein, cuyo libro pasó a la gran pantalla mediante un documental sin desperdicio, que puede verse en este link de youtube. Abarca un período mayor, pero entre los minutos 36 y 47 se explica la caída de la URSS, tema que es equiparable a la caída del socialismo en Hungría (obviamente con muchos matices, pero la esencia es muy parecida).

En Europa occidental, tras la segunda guerra mundial, los EEUU entregaron gran cantidad de ayuda financiera (como por ejemplo el plan Marshall) para contentar a sus socios europeos. Pero por aquel entonces, había un enorme país llamado URSS y un sistema, el socialismo, que amenazaba con extenderse por toda Europa. Esto era la gran pesadilla de América. Así que debía contentar a los ciudadanos occidentales europeos permitiendo una seguridad social de calidad, educación y sanidad gratuitas, y unos salarios elevados que permitiesen mantener a una clase media contenta y alejada de ideas socialistas. Que viesen a la URSS como el gran enemigo. Esto creó un capitalismo con una calidad de vida elevada, unas socialdemocracias europeas con estándares más que aceptables, en Alemania Occidental, Francia, Reino Unido, Escandinavia, etc.

Pero esto no pasó cuando el capitalismo se instauró en el este. Cuando cayó el muro de Berlín, no había nadie con quien competir. Caída la URSS, Estados Unidos y Europa Occidental no tenían rival. Y el este de Europa no pudo exigir nada. Firmó lo que le dijeron que firmase.

Cuando cayó el muro, y los antiguos países socialistas se abrieron de par en par a la entrada de capital occidental, a los oligarcas se les debió de poner la misma cara que tiene Nicolas Cage en la película "El Señor de la Guerra", cuando besa la televisión que le da dicha noticia y se le abre el mercado de armas de la antigua URSS. No era para menos: de toda la industria, servicios e infraestructuras, prácticamente se privatizó todo, siendo adquirido por estos oligarcas occidentales. Toda empresa o fábrica que no interesaba, se cerró, argumentando que sus productos no cumplían con las normativas europea (para no tener que competir con ellos en el "libre" mercado), y lo que interesaba, se compró a precio de saldo con la complicidad de muchos de los antiguos dirigentes comunistas de estas repúblicas, que de paso multiplicaron su riqueza personal (riqueza que, por otra parte, les limitaba el propio sistema que ellos decían defender).

Empresas energéticas, servicios, minas, fábricas... levantadas antaño con el sudor y esfuerzo de los trabajadores del este, pasaron a manos privadas occidentales en un abrir y cerrar de ojos por precios irrisorios. A esto, en el mundo occidental se le llamó irónicamente "inversiones de empresas occidentales en Europa del este". Por cierto, muchos de estos "inversores" eran antiguos ciudadanos del este de Europa que durante el socialismo se habían exiliado en EEUU y tras la caída del muro se volvieron "de compras" a su vieja patria. Eran las grandes rebajas.

Además, los bajísimos salarios orientales permitieron trasladar gran parte de la producción al este. Bienes que, al bajar la mano de obra, permiten generar unas plusvalías mucho más elevadas (y no una bajada final de precios para el consumidor). Las mercancías, además, se transportan al oeste en las nuevas autopistas del este (la mayoría construidas por empresas occidentales mediante fondos de cohesión). Mejor negocio imposible.

Los "fondos de cohesión" de la UE, también llamados fondos estructurales, no son más que un eufemismo para otro "pelotazo": los países occidentales, más desarrollados, conceden ayudas económicas a sus colegas del este para construir infraestructuras. No para desarrollar su industria, ni crear nuevas empresas, claro que no, esto supondría un mercado mundial más competitivo, algo que es una de las pesadillas de los oligarcas de occidente, sino para construir una autopista, un campo de fútbol, un colegio, un hospital. Estas infraestructuras, como ya dije, las construyen las propias multinacionales occidentales, empleando como mano de obra a los ciudadanos de los países del este de la UE, con salarios mucho más bajos, con lo cual los márgenes de beneficio son mucho mayores. En resumidas cuentas: los impuestos del ciudadano medio occidental van a parar al bolsillo de sus propios oligarcas occidentales. En el camino se caen unas monedas para el personal empleado del este. Una vez concluida la obra, terminan sus contratos y ya está. No se genera más riqueza. Es trabajo temporal y barato.

Y la cosa no termina aquí. Al facilitar enormemente la "movilidad europea" (otro eufemismo digno de los mejores cerebros del marketing occidental), los permisos de trabajo y residencia, se logró atraer en masa a millones de trabajadores jóvenes polacos, húngaros, eslovacos, letones, lituanos, estonios y demás, que no dudaron en hacer la maleta y marcharse a trabajar a Alemania, Inglaterra, Irlanda, Suecia o Austria. Esto tuvo como consecuencia un gran y repentino aumento en la demanda de puestos de trabajo en Occidente (mayor que la oferta) lo que permitió, cuanto menos, mantener los costes salariales o incluso reducirlos en muchos sectores. Además, al trasladar gran parte de la producción al este de Europa, se redujo la oferta laboral en el occidente, lo que facilitó también la reducción salarial (el mercado laboral hay que entenderlo como un mercado más: si hay mucha oferta (trabajo) y poca demanda (trabajadores), se deben subir los salarios para atraer a los trabajadores, si hay poca oferta y mucha demanda, se pueden bajar los salarios porque hay mucha más gente a la que contratar y que aceptará peores condiciones) Con esto me refería a que los propios países de Europa occidental han salido perdiendo.

Las remesas de los inmigrantes enviadas a Europa del este pueden parecer una fuga de riqueza, sin embargo terminan, igualmente, en el bolsillo de los oligarcas occidentales, que son las que proveen de bienes y servicios a estos países a través de sus multinacionales (o de las empresas autóctonas que compraron en su momento). Este saqueo de recursos y mano de obra del este de Europa ha permitido incrementar unas pocas fortunas de manera exponencial, a costa de empobrecer a los trabajadores de todo el continente. En los últimos tiempos, es tal el número de trabajadores del este que han emigrado, y es tal el número de multinacionales que han trasladado sus puestos a Europa oriental, que estas empresas tienen serias dificultades de encontrar personal, lo que les ha forzado a subir los salarios, especialmente en las capitales, donde el coste de la vida aumenta a velocidad de vértigo.

Llegados a este punto, uno puede pensar, ¿y porqué los ciudadanos del este se quedan de brazos cruzados sin hacer nada? Bueno, en estos tiempos en los que vivimos, donde el hedonismo y el placer rápido dirigen nuestras vidas, la elección entre "hacer la revolución" o coger un vuelo low-cost de Ryanair, trabajar unos años en Europa occidental y ahorrar para comprarse un Iphone, unos muebles baratos de Ikea, un coche "de marca" y fardar en su país, la gente termina eligiendo la segunda opción. Y es comprensible: la mayoría de la gente no quiere problemas, tan solo una vida digna. Además, poco pueden hacer sus gobiernos, atados de pies y manos: si suben los salarios, las empresas se llevan los puestos de trabajo a cualquier otro país que no lo haga. Al final, lo que ocurre es que estos países terminan compitiendo entre sí por ver cuales tienen los sueldos más bajos o las peores condiciones laborales, para así atraer a más empresas occidentales. Y sus ciudadanos, se van unos años a trabajar a Inglaterra o Alemania, para volver a su país años después con unos ahorros que les permitan elevar la baja calidad de vida que les ofrece su nuevo sueldo, mucho más bajo, por realizar el mismo trabajo que antes.

Ahora bien, el descontento social es enorme, tremendo. Una cosa es que la gente acepte todo esto, y otra, muy diferente, que tenga una sonrisa de oreja a oreja. Las urnas, por ejemplo, son un reflejo de todo este proceso que ha ocurrido. Analizar unas elecciones en un país del este de la UE exige cierta familiaridad con el proceso de saqueo e implantación de este capitalismo diferente al implantando en occidente tras la 2º guerra mundial.

Muchos partidos políticos socioliberales, lo que es la pseudoizquierda actual (como el Partido Socialista Húngaro) están formados por los antiguos dirigentes comunistas y sus herederos, que son los que trajeron este caos al país: paradójicamente, la izquierda les ha traído el capitalismo más salvaje. Y con el tiempo, se les ha terminado el crédito. El pedir paciencia y tiempo hasta que llegue el nivel de vida soñado ya no cuela. Pues son más de 25 años ya desde la caída del muro, 12 años ya desde la entrada a la UE. Y la riqueza generada ha sido muy baja. Se ha hecho un buen lavado de cara: edificios, calles, parques... han sido restaurados. Pero en el fondo los problemas siguen siendo los mismos: trabajo precario, pensiones ruinosas y un estado del bienestar débil y lleno de carencias.

Luego está la derecha, que en realidad, y de nuevo paradójicamente, trae en sus programas electorales más mejoras sociales que la izquierda liberal. Al fin y al cabo, los conservadores siempre han sabido que un pueblo contento "incordia" mucho menos que uno que no tiene qué comer. "Todo para el pueblo, pero sin el pueblo", que decía el despotismo ilustrado. Así que estas políticas de derecha intentan traer mayor bienestar social que el saqueo que ha permitido la izquierda tradicional de estos países. Sin ir más lejos, hace unos años hubo un referéndum en Hungría donde el Partido Socialista (MSZP) era partidario de imponer tasas por ir al médico, mientras que la derecha (Fidesz) hizo campaña contra dichas tasas (y ganó el no).

Pero como decía, los gobiernos tienen muy poco margen de maniobra. Pueden prometer mucho antes de las elecciones, que cuando ganan, los oligarcas (o "inversores") les recuerdan quién tiene realmente el poder. Así que el pueblo está perdiendo también la confianza en la derecha tradicional. Los políticos tienen que sacar otros problemas para distraer el descontento social. En Europa oriental es muy fácil, con los nacionalismos. Pues si ha habido una zona europea con más matanzas, batallas, injusticias y sangre en el pasado ha sido el este. Así que agitando un poco la alfombra del nacionalismo sale suficiente mierda de debajo para distraer a la población de sus problemas cotidianos, como poder llegar a fin de mes con pensiones de 100 euros, o salarios de 300, y precios al mismo nivel que occidente (en eso sí que se han puesto a la par rápidamente).

Esta es la clave de porqué los partidos ultranacionalistas, de extrema derecha o ultraconservadores, como se les quiera llamar, están comenzando a ganar simpatizantes y votantes a gran escala en esta zona de Europa. Porque ya no son solo los típicos skin heads ni los ultras quienes van a sus mítines, manifestaciones o a votarles. Ahora son familias enteras y trabajadores, algunos de ellos antiguos votantes del Partido Comunista (!) quienes votan a la extrema derecha. Quienes se dejan seducir por los discursos que denuncian este saqueo capitalista, estos movimientos migratorios creados de manera artificial para reducir costes salariales, o la imposición de una sociedad liberal y multicultural que en realidad solamente beneficia a los de siempre. Así que esos argumentos de "es que vienen del comunismo", "es que allí son muy xenófobos" que maneja en occidente la prensa más amarillenta y pasquinera están muy lejos de acertar en el diagnóstico. En su momento, hice en el blog un breve análisis de las última elecciones en Polonia.

La extrema derecha, tal y como la conocíamos, ha mutado. Su discurso ya no se centra  en el odio, comienza a tocar el bolsillo del ciudadano de clase baja y media, lo que le permite ganar simpatizantes, que seguramente no coinciden con otras de sus ideas, pero lo ven como la última alternativa tras el fiasco de los partidos políticos tradicionales. Pues muchos de sus votantes no son especialmente nacionalistas, ni creen en supremacías de ningún tipo, pero sí escuchan como prometen implantar impuestos a la banca y las multinacionales (a las que denuncian abiertamente como culpables de la crisis económica europea), proteger la industria local, dar ayudas a las familias y a los trabajadores o dar la espalda a una UE que ya se ha quitado la careta definitivamente. Cómo denuncian ese multiculturalismo impuesto para crear una sociedad tan heterogénea que impida  a sus individuos ponerse de acuerdo en nada, y así ser fácilmente dirigida. Cosas que la izquierda o la derecha tradicional omite en su discurso. Y esto es lo que les ha permitido a estos nuevos partidos pasar de porcentajes de voto simbólicos a cifras que les sitúan como segunda o tercera fuerza política en muchos lugares. Y eso que mucha gente se frena de votar a la extrema derecha por la ideología tradicional, ese discurso del odio que sigue manteniendo (aunque ya en muchas zonas han comenzado a suavizar el tono, para captar más votantes). No olvidemos que ciertas banderas o símbolos prohibidos siguen reluciendo en muchos de sus actos. Que cada cierto tiempo se produce alguna agresión de sus militantes por motivos raciales, políticos o religiosos. El uso de la crisis de los "refugiados" a su favor es indudable, como también lo ha hecho la izquierda y, en general, todo político en busca de la foto y la pancarta fácil. Pero no olvidemos que los UKIP, Le Pen, Jobbik y demás ya tenían bastante fuerza desde antes de esta crisis migratoria, resumir todo en la xenofobia me parece un análisis superfluo y erróneo.

¿Y la izquierda de verdad? Pues inexistente, dormitando. En lugar de analizar bien la situación social y política, y llevarla a su terreno para formar una alternativa real a la extrema derecha, sigue con su argumento flower-power de derechos humanos, gay-friendly, feminismo, multiculturalismo, green y demás. Cosas que, en dosis acordes a la demanda social están muy bien, pero que, en estos tiempos que corren, donde mucha gente no tiene dinero para encender la calefacción en invierno, comer un filete, tener unos días de vacaciones o llegar a fin de mes, a la mayoría de votantes los temas de sus discursos les parecen asuntos secundarios, por no decir que "se la trae al pairo". A veces no sé si es que no se dan cuenta o es que han asumido que el sistema económico no se puede cambiar ya, porque la economía no está en manos de los gobiernos, y que tienen que desviar sus discursos a esos temas que se salen del bolsillo del trabajador. Los temas de una izquierda otanista, europeísta, light, edulcorada, sin cafeína ni sabor. Si la izquierda no se pone las pilas en Europa, entonces el futuro pasará a manos de la extrema derecha. Y no es un futuro lejano. Es algo que ya ha comenzado a ocurrir. Y cuando en Europa se agitan los fantasmas de los nacionalismos, la cosa no suele terminar bien.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...